Por Javier Martinez Aldanondo
Gerente División Gestión del Conocimiento de Catenaria
Un ángel hace su aparición en una reunión del claustro de profesores de
una Universidad, se dirige al Rector y le dice que, como recompensa por
su comportamiento ejemplar y generoso, el Señor le recompensará con uno
de estos tres premios: Riqueza, Sabiduría o Belleza.
Sin dudarlo un instante, el Rector escoge Sabiduría infinita.
"Concedido" exclama el ángel y acto seguido desaparece dejando una nube
de humo y un relámpago cegador. En ese momento, todas las cabezas se
giran hacia el Rector quien se halla rodeado de un celestial halo de
luz. Uno de los catedráticos le susurra "Di algo". El Rector respira
hondo, se rasca el mentón y dice "Debiese haber escogido el dinero".
Hablar hoy en día de educación o de sus derivados (formación,
aprendizaje, etc.) implica terminar haciendo énfasis en los números:
horas, alumnos, notas, presupuestos, costes, inversiones, ahorros, en
definitiva, Dinero. La educación es un lucrativo mercado y la formación
es un negocio que no dejará de crecer exponencialmente en una sociedad
que venera el conocimiento como la gasolina que alimenta los motores de
las personas. Sin embargo, todavía no entramos de lleno en la era
digital. La materia prima fundamental sigue siendo el petróleo aunque
pronto será remplazado por una nueva energía mental: la creatividad.
Recientemente, Michelle Bachelet, la Presidenta de Chile, anunció una
importante inyección económica (números) para tratar de mejorar los
resultados de la educación (números de nuevo). Me temo que el esfuerzo
no va a dar frutos. Aprender no es una ciencia, el aprendizaje no se
puede medir con cifras y aunque fuese posible, no merece la pena
hacerlo. Lo que importa es medir el resultado de su aplicación; no
cuánto sabe alguien sino qué hace con lo que sabe, qué resultados
obtiene; no cuánto cuesta sino qué beneficios aporta.
Según mi currículum, se supone que soy licenciado en Derecho, tengo 2
Masters y soy profesor en varios más. Mi nota de acceso a la
universidad pudo ser un 8.15 -o tal vez un 5.15, no lo recuerdo- y mi
nota promedio en la carrera pudo ser un 8.56 (o tal vez un 5.56). ¿Qué
dice todo esto de mí? Una nota dice tanto de una persona como su número
de pasaporte. Es decir, nada. Cada vez que tengo que contratar un
diseñador instruccional para integrarlo en nuestros equipos de trabajo
me fijo básicamente en 2 competencias fundamentales: su capacidad para
entrevistar expertos (es decir para hacer buenas preguntas y no para
organizar contenidos de manera lógica) y su facilidad para imaginar
historias y escribir guiones. Apenas hago caso de su currículum, es
más, trato de que no sean pedagogos porque el trabajo de
descontaminación que debemos hacer es costosísimo.
Fijaos en estos ejemplos que me ha tocado experimentar durante la última semana:
- Recibo el siguiente mail "Necesito que por favor me cotices para el viernes
el desarrollo de un curso e-learning sobre ....". El mail se acompaña
de una lista de objetivos y un Word con el índice del curso.
- Un cliente me comenta "Nosotros, los cursos de 4 horas los pagamos a 4 millones (5.300 euros)".
- Otro cliente declara "Mis cursos de ofimática me salen más baratos, pongo un profesor delante de 30 alumnos y listo"
- Un
posible cliente me escribe " Alberto me comentó que hace 2 años
tuvieron un acercamiento con ustedes para ver unos temas de e- learning
y Knowledge Management, y me ha pedido que me ponga en contacto contigo
para que nos presenten una propuesta respecto a este último punto".
Estas situaciones protagonizadas por empresas que están entre las 25
más grandes de Latinoamérica, distan mucho de ser excepcionales y no
hacen otra cosa que confirmar todas mis sospechas: Vivimos en la época
del fast food - fast training. La educación se ha trivializado, se
compra por peso, se mide por horas.
Más ejemplos de números: Como ex jugador de basket, suelo
seguir los resultados de la NBA. En EEUU, un equipo de cualquier liga
profesional es una empresa liderada por reputados ejecutivos, dividida
en distintas líneas de negocio donde los jugadores son los auténticos
vendedores de cuyo desempeño, cada noche, depende el futuro de la
organización. Evidentemente, para ser jugador profesional hay que
desplegar una serie de competencias tanto físicas, técnicas como
emocionales, muy sofisticadas y especializadas. Hace un par de años me
llamó la atención un equipo que había perdido una enorme cantidad de
millones de dólares al no clasificar para los playoffs como
consecuencia de una pésima temporada. Cuando fui a ver sus
estadísticas, comprobé que habían ganado 36 partidos y habían perdido
46 pero para mi sorpresa observé que en cada partido anotaban un
promedio de 94,92 puntos pero recibían 96, es decir "perdían todos sus partidos por 1 punto". Caray, es el colmo de la mala suerte,
pensé. Cuando fui a ver las cifras individuales de cada jugador
(vendedor) un dato resaltaba poderosamente: el segundo mejor anotador
(vendedor) del equipo con 18,4 puntos por partido tenía un porcentaje
de tiros libres de un 37%, algo vergonzoso e impropio de cualquier
profesional (e incluso de un jugador aficionado). Hay algunos insignes
jugadores tristemente famosos por esa incapacidad, Shaquille ONeal es
posiblemente el caso más famoso. Analizando este balancescorecard,
parecía evidente que si se logra mejorar el rendimiento de ese jugador
a un promedio normal (un 70% por ejemplo), dicho jugador pasaría
fácilmente a anotar 22 ó 23 puntos por partido y, haciendo un ejercicio
un poco artificial, su equipo pasaría a ganar todos los partidos por 3
puntos y por tanto a clasificar para los playoffs y a ganar un montón
de millones de dólares. Las preguntas que surgen automáticamente son
muy elementales: ¿Tiene sentido invertir en mejorar el desempeño de ese
jugador? ¿Cómo lo haríamos? ¿Qué resultados esperamos obtener?¿Tiene
sentido que haga un curso de e-learning aunque sea gratis? ¿Cuánto
gastaríamos en el proceso? ¿Cómo lo evaluamos?.
Como ya he escrito otras veces, para diseñar un programa
de aprendizaje, los contenidos no son el punto de partida aunque muchos
clientes insisten en enviar toneladas de powerpoints cuando solicitan
una propuesta. Y para aprender, sabemos que no es imprescindible hacer
cursos. Basta con reflexionar acerca de aquellas áreas en las que nos
consideramos expertos y pensar en cómo hemos llegado a desarrollar ese
know how. Desde luego, en muy pocas ocasiones ocurrió en un aula. De
hecho, si estamos de acuerdo en que aprendemos haciendo, el propio
concepto de aula, curso y profesor no tienen sentido porque en un aula
no se "hace" gran cosa.
Por quinto año estoy participando como juez de los Brandon Hall e-learning awards
donde me ha tocado juzgar el proyecto de una multinacional del
software. Dicha empresa ha puesto un enorme catálogo de cursos a
disposición de todos los empleados que cubre cada necesidad de
capacitación que pueda imaginarse. Y lo que es mejor, no se han gastado
un solo dólar en su desarrollo. Los empleados pueden tomar los cursos
cuando quieran y sólo entonces hay que desembolsar el dinero de la
licencia. Por curiosidad, eché un vistazo al curso denominado Calidad de servicio al cliente
cuya duración es de 1h 25min. Si el curso dura 85 minutos y contiene 8
objetos de aprendizaje, imaginó que cada uno dura unos 10 minutos y
medio. ¿Qué podría aprender alguien en 10 minutos y medio? Además se
prometen 8 resultados así que imagino que en 10 minutos y medio sería
capaz, por ejemplo, de descubrir y eliminar barreras que impiden
fidelizar a un cliente. Eso equivale a 5,15 minutos para descubrirlas y
5,15 minutos para eliminarlas. Cualquiera que lleve algunos años
trabajando sabe que no es fácil resolver esos problemas. Es
impresionante saber que se puede aprender a descubrir esas barreras en
solo 5,15 minutos y además on line. Y resulta todavía más impresionante
aprender a eliminarlas en solo 5,15 minutos más. Está claro que los
milagros existen.
Luego revisé el curso Liderando un equipo de alto desempeño
de 12 horas de duración y que cubría mucho más material y contenidos
que el anterior. Hacer funcionar equipos de trabajo no es nada sencillo
pero se supone que si un empleado hace ese curso, 12 horas después
sabrá cómo hacerlo: Sabrá impartir sesiones de formación, definir una
meta, visualizar un objetivo, vender sus ideas, etc. Cuando pienso en
esas situaciones, no me queda nada claro cómo manejarlas. De lo que
estoy seguro es de que lo que alguien pueda saber al respecto, lo ha
aprendido de la dura experiencia.¿Qué estarían aprendiendo realmente
los alumnos de ese curso? Sabemos que cualquier cosa que queramos hacer
bien (vender, liderar personas o sacar jugando al tenis) exige años de
práctica y no cursos de 8 horas o libros con títulos prometedores.
Hay una pregunta que nunca falta y que formulan de manera constante muchos responsables de RRHH. ¿Cuánto cuesta un curso de e-learning?
Lo perverso de esta pregunta es que implícitamente da por sentado que
un programa de aprendizaje se corresponde directamente con un número,
tiene un precio que cada proveedor anuncia en un cartel como en los
puestos de un mercado, y se puede comprar por kilos como si fuese
jamón, tomates o patatas. Cada vez que escucho esa pregunta respondo
con otra pregunta similar que está idénticamente mal formulada ¿Cuánto cuesta una casa?
Obviamente depende de muchas cosas. Quien esté preocupado por saber
cuanto cuesta un curso de e-learning debiese primero hacerse algunas
preguntas: ¿Porque quiero hacer un curso? ¿Qué problema quiero
resolver? ¿Cuánto me cuesta (y me importa) ese problema y hasta donde
estoy dispuesto a llegar para resolverlo? ¿Qué resultados espero
obtener y cómo los voy a medir? ¿Estoy seguro de que ese curso es la
mejor solución?
Nuestra sociedad venera la velocidad, la cultura del
correcaminos donde todo debe ser cada vez más rápido, donde no vivimos
la vida sino que corremos la vida y donde el tiempo es dinero (hacer
más en menos tiempo). Estamos obsesionados en medir todo con cifras y
que cada año, esas cifras sean considerablemente mejores que las del
anterior. Obviamente era muy ingenuo pretender que esta ola no iba a
inundar también el mundo del aprendizaje: Cada día nos ofrecen desde
cursos de lectura rápida, hasta aprender todo sobre management en 1
hora (el best seller Quién se ha llevado mi Queso por ejemplo) o
asistir a una clase magistral con el Profesor Peter Drucker en DVD.
Pasamos del workaholic al speedaholic. Tomarse tu tiempo, ralentizarse
un poco, ser pausado, está mal visto. Cuando corro, me evito pensar. No
hay niños con déficit atencional sino adultos con ese déficit. Criamos
niños estresados que no saben pensar y no saben soñar. y como dice mi
amigo Marcelo Lasagna "en el vértigo, nada florece".Se busca lo más
rápido, lo más efectivo pero al mismo tiempo lo más barato. El problema
es que esa ecuación no se sostiene
No sé de quien es la responsabilidad: Si de la oferta que
es capaz de ofrecer cualquier cosa con tal de vender en un negocio que
cada vez resulta más apetitoso. O de la demanda, del mercado que ve una
manera fácil y sencilla de gastar lo menos posible reutilizando los
viejos manuales, powerpoints y CDs que ya tenía. Cuando preguntas a un
directivo de una empresa cómo miden el impacto de su formación, si
están contentos con el esfuerzo que hacen y si se puede mejorar, todos
coinciden en que la formación no le cambia la vida a nadie: no modifica
comportamientos y por tanto no tiene apenas impacto.
Hay una historia de un maestro que contaba siempre una
historia al terminar la clase, pero los alumnos no siempre la
entendían. Uno de ellos se quejó de que no les explicaba el significado
y el maestro se disculpó y en señal de reparación le invitó a comer un
rico melocotón. Más aún, el maestro se ofreció a pelar él mismo el
melocotón. Incluso lo cortó en trozos para que le fuese más fácil
comerlo, lo que el alumno acepto aunque no quería abusar de su
generosidad. Por último, el maestro le propuso también masticarlo antes
de dárselo a lo que el alumno, esta vez, se opuso sorprendido. El
maestro le contestó: Si yo os explico el sentido de cada cuento, sería
como daros a comer una fruta masticada. Para aprender te tienen que
pasar cosas a ti, no al profesor. Nadie puede masticar la comida por
ti, ni nadie puede aprender por ti. Lo malo es que en los cursos pasan
muy pocas cosas.
Todos estos temas los analizaremos en la octava edición de Edunet el 27 de junio en Santiago http://www.interexpo.cl/programa_edunet07.htm
En definitiva ¿Cuánto cuesta un curso? La verdad es que la respuesta a
esa pregunta no importa pero si no se conforman con eso, tengan los
ojos bien abiertos porque en el supermercado cercano a su casa deben
estar ofreciendo el ofertón del mes: pague 3 cursos de habilidades
directivas y llévese 1 de ofimática y 1 de inglés de regalo.
Fuente: Learning Review